12.7.06

Asturcón 2006. Camino.


Podría contaros que este viaje comienza hace un año, una vez más...lo cierto es que este invierno ha sido tremendo y esta pequeña familia no lo ha pasado demasiado bien, así que este viaje ha sido muy, muy deseado, muy esperado, muy ansiado. Y aún con todo preparado, el mismo viernes siete de julio no sabíamos si podríamos ir. Y no dijimos nada. A nadie. Porque a lo mejor...sí, a veces los milagros suceden.
Marina, tras tres días de fiebre, se despertó como una rosa y tan solo con un poco de irritación en la garganta.

Y es en ese preciso momento, a las nueve y pico de la mañana, cuando nos lanzamos a la carretera.
Y la Asturcón 2006 podría haber empezado para nosotros exactamente entonces.

El mundo ha cambiado. Podemos percibir una nueva velocidad, ...llegamos a Benavente con El Rey león, patatas fritas, agua y dos canciones: la abeja Maya y Cumpleaños Feliz.
Marina canta con nosotros.
No superamos los 120km/h en ningún momento. Y el paisaje es enorme.

En Benavente encontramos un lugar vacío. Completamente vacío. Para nosotros solos, y es como si el mundo fuera un reflejo. Probablemente sea el último instante en que no estemos rodeados de gente, estupenda y maravillosa gente, en tres días.
Comemos allí con nueva y esperada compañía. Y el reflejo se rompe. Hay risas, reencuentros, regalos, noticias, sonido, persecuciones, gateos...sólo nos quedan un par de horas para llegar a Gijón.
Con "el manual del viajero" por nuestro Skalagrim, en la mano impreso, seguiremos la ruta fijada. Y llegaremos casi a la vez que el tren de la Semana negra...

Al emprender camino de nuevo, una cuerda invisible une los dos coches en los que vamos Miguel, Loki, María, Bob, Marina y yo. Yo adelanto, tú adelantas, yo reposo tú reposas...y llegamos a Caldas de Luna.

Ahí. Exactamente ahí es cuando siento en la piel que comienza realmente la Asturcón de este año, la tercera de nuestra vida. Es un lugar mágico, hoy soleado aunque bailado por unas cuantas nubes perezosas y blancas. Tengo que hacer un esfuerzo para no apartar continuamente los ojos de la carretera, que por otra parte, exige atención constante. Una parte de mí, no obstante, se eleva por encima del coche y observa. Hay fuerza contenida en este paisaje...contenida y desparramada a un tiempo. Podría quedarme un rato y alcanzar de nuevo mi cuerpo antes del próximo túnel...

Llegamos. Pasamos de tres carriles a dos, de dos a uno. Y paramos. Ese minuto que hace falta para refrenar el pie del acelerador henchido de querencias al reconocer los caminos que le esperan. Ya estamos en Gijón...y acudimos una vez más a las anotaciones de maese Skalagrim y sus nunca suficientemente bien ponderadas ni agradecidas observaciones.
En esta ocasión no se trata del Hotel Trip, así que todo es nuevo para nosotros, atravesamos parte de Gijón, callejeamos, descubrimos nuevos rincones, otras texturas, otros espacios. Y llegamos a ese cogollo que es la zona de Begoña, parque, calle, hoteles.
Estamos un poco cansados y muy, muy excitados, queremos asomarnos al mar, drle esa visión y ese olor a Marina.
Y pasa un rato agradable de reconocimiento del hotel y nuestra habitación llena de detalles. Marina juega a probar todas las camas, descubrir las sombras tras las cortinas, asomarse a las galerías, reflejarse en el gran espejo, soplar la espuma de su merecido baño y dejarse perseguir para vestirse de nuevo y pasear camino del recinto de la Semana Negra.

Por fin en la calle de nuevo, llegamos al paseo marítimo a la altura del Náutico...Os diré...sin mapas, dejándonos guiar por la corriente visible de un chaval armado con una tabla de windsurf, una chavala playera y dorada, y una especie de calor húmedo de sal...Al preguntar un par de veces, nos hablan del muro, del parchís, hasta allá, seguid recto, vais bien...y es un juego del tesoro...No quiero olvidar el decir que Gijón está vivo, sus calles están vivas, hay gente paseando, charlando agradablemente en bancos de sombra bajo magnolios mientras se refrescan con helados, niños jugando en las plazas, quinceañeras arregladas y coquetas desenrollando la vida a cada paso y enrollando en sus sonrisas luminosas a sus amigos desgarbados de ojos negros. Da gusto caminar por Gijón a las ocho de la tarde. Una brisa suave sacude las mangas de esa chaquetilla que llevas en la mano...Y el sol va cayendo tan despacio que apenas percibes el cambio de luz.

Qué deciros de ese momento en que llegamos, parecía sacado de un cuento: había elefantes y payasos, y hasta un mimo de princesa celeste esperando.

Y el mar. Con su ritmo tranquilo y su canto de sirena...
Marina enloquece de alegría y lo quiere ver todo, lo quiere tocar todo, parar en cada escalera, absorver cada olor, comer cada helado. Caminamos sin prisa y sin pausa hacia el otro extremo de la playa de San Lorenzo. Podemos adivinar las grandes letras de "Semana Negra" allá al fondo.

Y caminamos, caminamos...